...Más que mirando a un jefe de batallón enemigo de los dioses, con sus tres penachos y su capa de un rojo violento, que dice él que tiene un tinte de Sardes; pero si hay que combatir llevando la capa, se queda entonces bañado de un tinte de Cízico y luego huye el primero como un caballo-gallo rubio sacudiéndose los penachos...Y cuando están en Atenas, hacen lo insoportable, a unos alistan, a otros arriba y abajo les borran dos o tres veces. "Mañana es la partida". Uno no ha comprado provisiones, porque no sabía que iba a salir él...Esto nos lo hacen a los campesinos, pero a los de la ciudad mucho menos, esos que para los dioses y los hombres son... pierdeescudos...en casa son leones, zorras en guerra. (Aristófanes, La paz, 1159-1190).
Compruebo que todo ha experimentado tal progreso que nada de lo presente es semejante a lo pasado, no obstante, considero que realmente nada ha cambiado ni progresado más que el arte de la guerra. Pues, en primer lugar, oigo decir que los lacedemonios y todos los demás, durante cuatro o cinco meses, en la estación veraniega propiamente dicha, invadían y devastaban el territorio enemigo con sus hoplitas y ejércitos de ciudadanos y luego retrocedían a su patria de nuevo... En cambio, ahora, (...) oís decir que Filipo se encamina adonde quiere, no por llevar tras de sí una falange de hoplitas, sino porque le están vinculados soldados armados a la ligera, jinetes, arqueros, mercenarios, en fin, tropas de esa especie. Y una vez que cae sobre una ciudad afectada de discordia interna, y que nadie sale en defensa de su país por desconfianza, instala sus máquinas de guerra y la asedia. Y paso por alto el hecho de que no establece ninguna diferencia entre verano o invierno ni tiene una estación reservada que deje pasar como intervalo. (Demóstenes, Filípicas, III, 48 ss.)
Buscamos mandar sobre todos, pero no queremos ir a una expedición militar, y nos falta poco para emprender la guerra contra todos los hombres, pero no nos ejercitamos a nosotros mismos para ella, sino a hombres desterrados, desertores o que proceden de otras maldades, gente que si uno les paga un sueldo mayor, irá con él contra nosotros (...) Hemos llegado a tal grado de locura que, faltándonos el sustento cotidiano, hemos intentado mantener tropas mercenarias y maltratamos e imponemos un tributo especial a nuestros aliados para proporcionar un sueldo a enemigos comunes a todos los hombres. Somos tan inferiores a nuestros antepasados...que aquéllos, si habían votado hacer la guerra a alguien, se creían en la obligación de poner en peligro sus propias personas para defender su opinión, aunque la acrópolis estuviera llena de oro y plata. Nosotros, en cambio, a pesar de haber llegado a tanta miseria y de ser tantos, utilizamos, como el gran rey, tropas mercenarias. (Isócrates, Discurso sobre la paz, 46 ss.).