Historia Antigua - Universidad de Zaragoza - Prof. Dr. G. Fatás

Pericles (h.495-429) nos es conocido sobre todo por las alusiones de Tucídides (cuarenta años más joven y admirador suyo), que lo historió en tanto que hombre de Estado, y por la biografía de Plutarco, escrita medio milenio después para proponerlo como ejemplo de hombre inteligente, virtuoso, capaz y magnánimo. Hijo de Jantipo, de familia antigua y de la "generación de Maratón", y de la Alcmeónida Agariste. Jantipo, político activo cuando ya regían las normas clisténicas y de tendencias democráticas, fue ostracizado (484) y amnistiado durante la guerra contra Jerjes, en la que mandó las fuerzas que triunfaron en Mícale (479), deshaciendo la flota persa mientras estaba varada. Murió al poco. Su hijo heredó sus inclinaciones y un patrimonio saneado, aunque no ingente, con propiedades en Colargo, al N. de Atenas. Como Alcmeónida, gozó del carisma y el estigma que su familia materna tenía desde los tiempos de la muerte sacrílega de Cilón. (Heródoto cuenta que, antes de dar a luz, su madre soñó que alumbraba un león...) Se sabe que, de joven, aprendió del musicólogo Damón, probablemente alguien con buena base matemática y filosófica; en su madurez, floreciente la sofística en Atenas, fue asiduo de Zenón y Anaxágoras, del que aprendió a afrontar el infortunio y a despreciar las supersticiones populares.

En el 472 asumió la liturgia corégica de la trilogía Los Persas de Esquilo. Debió de ser seguidor de Efialtes, pero no hay datos sobre su vida hasta el 463, en que fue oponente sin éxito de Cimón, hijo de Milcíades, cabeza del tradicionalismo y hombre del momento por su talento político-militar. La acusación de Pericles se refería al escaso interés de Cimón por ganar tierras en Macedonia, lo que implica, quizá, una opción expansionista. Se supone que, en los años inmediatos, apoyó a Efialtes para aumentar el poder de la Asamblea, el Consejo y la Heliea, en el pago a los jurados (cuya fecha exacta no se conoce) y en la política de distanciamiento de Esparta (al contrario que Cimón). Asesinado Efialtes (461) no fue aún Pericles su sucesor. Durante tres lustros, por el estado de guerra casi permanente con otros griegos desde el 459 (Egina, Esparta, Beocia, Trecén, Acaya), los éxitos militares fueron de gran relevancia política y de Pericles sólo consta su participación en una expedición de la flota contra los aqueos (454), que venció en aguas del Golfo de Corinto, pero que no alcanzó todos sus objetivos. Parece que intentó un acercamiento a Cimón, ostracizado y amnistiado (452?) ante la nueva guerra contra Persia, que parecía a muchos objetivo mejor que luchar contra griegos, pero tampoco hay constancia cierta de fechas y detalles.

En el 451-450 hizo aprobar una ley que excluía de la ciudadanía a quienes no fuesen atenienses por parte de padre y madre. Cimón no era de madre ateniense; pero se ignora si la ley era retroactiva. Los matrimonios mixtos eran frecuentes en la clase alta, menos prejuiciada por el concepto de ciudadanía que por el de la alcurnia, por lo que la norma pudo dirigirse a satisfacer a las clases bajas, temerosas de la competencia de los metecos. Es difícil establecerlo con seguridad. La posteridad elogió el valor que con ello había dado incluso a las atenienses más pobres esta especie de dote jurídica, que las hacía más estimables que cualquier extranjera si el marido deseaba tener hijos atenienses. O el beneficio mayoritario que suponía restringir las subvenciones y emolumentos que, en grado creciente, el Estado pagaba a los ciudadanos por el ejercicio de funciones públicas exclusivamente reservadas a los atenienses. Pero no hay indicio ninguno para pensar en una política xenófoba o antimeteca, pues eran muchos los inmigrantes que servían en la flota, trabajaban en las obras públicas y comerciaban activamente, solamente excluidos de la vida política y de la propiedad de bienes raíces (tierra y edificios).

Muerto Cimón (después del 451, en su última campaña contra Persia, en aguas de Chipre), Atenas pactó una tregua con el Gran Rey, en términos satisfactorios. Ello permitió dedicar esfuerzos notables a la restauración de la ciudad, muy dañada por Jerjes en el 480, y a la exhibición de su grandeza. Casi al mismo tiempo se firmó una Tregua de Cinco Años con los beligerantes griegos: ése fue el primer gran momento de Pericles. Atenas controlaba por completo, incluso con conocidos excesos (como los castigos a Naxos, 470, y a Tasos, 465), la Liga de Delos creada en 478-477 y había transferido el tesoro aliado a la Acrópolis (454), bajo control directo de los atenienses. La paz con Persia, en principio, debía suponer la suspensión del tributo federal. Pericles reunió a los aliados y a otros Estados griegos para promover contribuciones que reconstruyesen los templos dañados por los persas, ofrecerles sacrificios de gratitud y mantener la libertad de navegación mediante la presencia disuasoria de la flota federal (ateniense en aplastante mayoría). Esparta declinó colaborar, pero no la mayoría de los restantes convocados. La restauración más brillante fue, naturalmente, la de la Acrópolis incendiada por el Gran Rey, empezando por el Partenón, iniciado en el 447 (con las famosas imagen y frisos de Fidias), el templo de la Victoria y los Propíleos (que no eran ningún templo), iniciados en el 437, en un conjunto de tamaño y riqueza insólitos en Grecia.

Un pariente de Cimón, Tucídides hijo de Melesias (no el historiador) se opuso a lo que llamó abusos extravagantes, pero Pericles defendió el derecho de Atenas a usar como prefiriese el dinero que la Liga pagaba para estar defendida si Atenas, en efecto, era capaz de defenderla: Tucídides fue ostracizado en el 443 y Pericles no encontró ya oposición relevante. El prodigioso programa urbano recibió el realce de unas cada vez más brillantes Fiestas Panateneas y, en un aspecto simbólico igualmente influyente en el prestigio de Atenas, fueron realzados los antiguos misterios de Eleusis, dedicados a Demeter y que, políticamente, significaba que el secreto de la vida vegetal y cereal era una revelación particular de la divinidad a los atenienses. (Las Panateneas, como las Dionisias de primavera (mes elafebolio), se celebraban anualmente -en julio-agosto, mes hecatombeo-. Pero, cada cuatro años, en el tercero de cada olimpiada, se convertían en un gran festival religioso panhelénico, las Grandes Panateneas, que llenaban la ciudad de helenos de todo el ecúmene griego y que culminaban en el 28 día con la entrega por las eragstinas del gran peplo a la virgen Atenea en su templo nuevo, tras una larga y rica procesión).

Para controlar de cerca eventuales descontentos de los aliados, creó una red de asentamientos coloniales que implantaron a grupos de atenienses (clerucos: consignatarios de lotes) en tierra extranjera y descongestionaron el Ática de su falta de suelo útil para su creciente demografía. También se conquistaron tierras bárbaras para ese fin, como las del Quersoneso tracio (la actual Gallípolis), en una expedición que supuso un éxito extraordinario para Pericles. Beocia, sobre cuyo conjunto Atenas ejercía un fuerte control desde el bienio 458-456, en el que había, incluso, superado el apoyo espartano a los beocios, planteó un serio problema. Un pequeño contingente ateniense fue vencido en Coronea (447-446) y los beocios se alzaron, lo cual estimuló a las ciudades de Eubea y a Mégara, deseosas igualmente de emancipación. Que Mégara, por su especial situación, era una polis estratégica lo demuestra que Esparta, que desde hacía doce años no intervenía en la Grecia central, enviase un ejército a la frontera ática, de cuya presencia se derivó una especie de pacto de status quo a cambio de que Atenas limitase su expansión a los caminos de la mar, al modo en que se había hecho en el Quersoneso tracio: no mucho después (443), en efecto, Pericles fundaría Turios en Italia, en las cercanías de la ciudad de Síbaris, antaño arrasada por su rival, Crotona; y en fecha inconcretable, envió una gran flota para mantener el control de las rutas del grano desde el Quersoneso de la Táuride (Crimea, Ucrania) y aseguró el control sobre Bizancio (440) y el uso de la moneda ateniense como obligatoria en la Liga. Con la situación despejada en el S., aun a costa de la autonomía megarense, Pericles se concentró en Eubea, redujo a los rebeldes y suscribió una Paz de Treinta Años con los lacedemonios. Éstos sabían que podían, en la nueva situación, llegar hasta el Ática misma sin problemas especiales. El temor de Pericles ante tal eventualidad, no obstante el tratado de paz, le llevó a construir la tercera gran muralla ateniense que, en bastante medida, podía hacer que el conjunto de Atenas y sus puertos funcionase casi insularmente.

Pericles fue reelegido año tras año como estratego, por su experiencia, capacidad y honradez personal, muy manifiesta: pospuso sus intereses personales, en todo momento, a los de Atenas. Su autoridad y prestigio eran tales que, según Tucídides, Atenas era una democracia pero estaba dirigida por su primer ciudadano. La Asamblea, siempre recelosa de los magistrados, confió grandemente en Pericles.

Casó, ya cerca de los treinta años, con una mujer rica y de alcurnia, de la que apenas se sabe nada, que le dio dos hijos varones que murieron antes que él; pero se separaron cordialmente a los diez años y ella volvió a casar. Cerca ya de sus cincuenta, se enamoró de una bella y excepcional mujer, Aspasia, oriunda de Mileto, culta y liberal hasta extremos que escandalizaban en Atenas. Le dio a su hijo Pericles que, en principio, no podía ser considerado ciudadano, aunque sí obtuvo la ciudadanía. Plutarco señala que su relación era de tal afecto que él la besaba siempre al entrar y salir de casa; y que a su influencia se debió la lucha de Atenas contra Samos, por un conflicto que esta ciudad mantuvo largamente con Mileto.

La campaña contra Samos, poderosa y con una buena flota, fue difícil y conoció vaivenes, pero acabó en una victoria que se convirtió en paradigma para el futuro y, además, con evitación de la intervención espartana, polis con la que se renovó el tratado de paz, amenazada, entre otras cosas, por la inquietud permanente de Corinto, doria y aliada de Esparta y, evidentemente, perjudicada por la pujanza de Atenas y sus tendencias imperiales y monopolísticas sobre el Egeo y las rutas al Mar Negro. La inquietud creció tanto que Pericles promovió una especie de economía pública prebélica, promoviendo el ahorro estatal, y sin abandonar el esfuerzo diplomático y el mantenimiento de la legalidad formal, dentro de la cual pudo lograr una especie de bloqueo comercial a Mégara, no tanto por su importancia objetiva sino por el valor representativo del caso, pues se trataba de castigar legal y permanentemente a quien había abandonado el área de la "arjé" ateniense y de la Liga. Este clima de paz tensa y de conflictos en ciernes se trocó en guerra en la primavera del año 431. Un lejano problema, en el Mar Jonio, enfrentó, a causa de la pequeña ciudad de Epidamno (la actual Durres albanesa) a la potente Corcira con su metrópoli, Corinto. En el enfrentamiento armado, Corcira, apoyada por Atenas, venció a Corinto (434). El encadenamiento de sucesos, complejo, acabó por poner de manifiesto, como expuso perspicazmente Tucídides, que las fuerzas realmente enfrentadas eran Esparta, hegemón de la Liga del Peloponeso, y Atenas, cabeza de la Liga matriz de su imperio marítimo: los demás conflictos eran secundarios y manejados, más o menos directamente y a distancia, por las dos grandes poleis. Corinto y Mégara, vecinas del Ática, dueñas del istmo y dorias, fueron respaldadas por Esparta y la lejana y estratégica Potidea quiso emanciparse. El ejército espartano invadió el Ática y Tebas atacó a la pequeña Platea, apoyo permanente de Atenas en Beocia. Pericles mandó evacuar el Ática, concentrar a sus pobladores en el área amurallada de Atenas, evitar el combate por tierra y atacar por mar las tierras enemigas sin interrumpir las líneas de suministro al Pireo desde todo el imperio marítimo. Probablemente estudiaba cómo recuperar Mégara, pero lo ignoramos. El plan tenía su punto débil en el abandono del territorio patrio, psicológicamente difícil de sobrellevar, y en la superpoblación de la ciudad. En el segundo verano de la guerra, se desató la peste. Pericles, que pronunció entonces su inigualable discurso por los caídos en combate, recogido por Tucídides (II 35-46; toda persona culta debiera conocerlo), hubo de dimitir, aunque fue reelegido. Pero murió al poco, víctima de la enfermedad, en el otoño del 429.


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