Aunque el neopositivismo arqueológico insiste recientemente en que la presencia fenicia en Hispania no es anterior al siglo VIII, uno de los muchos e importantes indicios que muestran la temprana presencia de los pueblos del Mediterráneo Oriental en la Península Ibérica es el de la pronta aparición de la escritura. Presenta rasgos peculiares y, en el Sur, parece existir desde el siglo IX. Los signarios paleohispánicos se estudian sistemáticamente desde el siglo XVI, a partir de los ensayos del aragonés Antonio Agustín, arzobispo de Tarragona. Numismáticos como A. Delgado y A. Vives lograron identificaciÛnes de bastantes signos. Pero fue M. Gómez Moreno (1923) quien descifró definitivamente el signario ibérico del N. E. (cf. J. CARO, en Historia de España I. 3, dir. por MenÈndez Pidal).
Todos estos sistemas de escritura son mixtos (semisilabarios). El grupo de sistemas denominados "ibéricos" (N.E., meridional y del S.O.), representan con signos monofonéticos las vocales, las líquidas (l, m, n, r) y las sibilantes (s, sh); los otros signos representan una consonante oclusiva más una vocal (ba, da, ga; be, de, ke; etc.); y no se distingue si la oclusiva es sonora o sorda (da-ta, ga-ka, ba-pa, etc.)
No existe el sonido efe ni probablemente el pe y no puede escribirse la secuencia muda + líquida: bri, cla, etc., por lo que se cree que no existieron esos sonidos en las lenguas ibéricas. Es infrecuente que una palabra comience por erre fuerte. Prácticamente todos estos rasgos fónicos coinciden con los que conserva la lengua vasca, hecho que ha provocado una densa y larga discusión científica, aún no resuelta.
El hecho de que estos signarios no sean alfabéticos dificulta hacerlos descender directamente del alfabeto fenicio. Gómez Moreno propuso modelos mediterráneos del II milenio, que habrían entrado en contacto con la cultura argárica. Tovar, en línea similar, apuntaba a viejas procedencias egeas (minoicas) directa o indirectamente presentes en sistemas del I milenio adaptados luego en Hispania. Finalmente defendió la creación de este signario por alguien que conocía los sistemas fenicio y griego y que creó un híbrido práctico, tesis que fue asumida y matizada por Maluquer de Motes, el cual propuso como fecha los siglos VII o VI y como modelos inspiradores los citados y el signario chipriota, parcialmente silábico. De Hoz y Untermann, más tarde, no se han separado mucho de esa doctrina, si bien el alemán apunta a fechas muy bajas (en torno al 500 a. C.) y a la posibilidad de que se generasen dos sistemas distintos, más o menos contemporáneos, en el S.E. y en el S.O., con relativa independencia. De Hoz apuesta por el origen fenicio y explica consistentemente la apariencia silábica del signario del S. O. por el exceso de signos del alfabeto fenicio (más rico en oclusivas) que pudieron emplearse en el S.O. para indicar con claridad la vocal que seguía a una consonante oclusiva, lo que no era preciso en fenicio. El igual número de líquidas y sibilantes en los dos sistemas hizo que el fenó meno sólo se diera en las sílabas con oclusiva.
La escritura del S.O. penetra hasta Badajoz y Sevilla. Los documentos son escasos y breves y sus ejemplos más antiguos podrían ser los onubenses sobre cerámicas de los siglos IX al VII, en el ámbito tartesio, que utilizaría el signario del S. O. y luego el meridional, con inscripciones más frecuentes hacia el Este, donde por entonces estaría la mayor densidad cultural tartesia. (Las escrituras meridional y del S. O. pueden ser tenidas por tartesias, pero Èsta es denominación que usualmente se reserva sólo a la primera). Desde allí se extendería la escritura al resto y en Levante sufriría los influjos griegos (p. ej., cambio de la dirección del escrito). Fenómeno independiente (y muy restringido) fue el de la adaptación al ibérico del alfabeto jonio.